Por ello, os propongo ahora una serie de textos para que vosotros digáis si pertenecen al romanticismo o al realismo. Debéis justificar esa adjudicación y eso se hace, ya sabéis, señalando las características de cada movimiento que aparezcan en el texto.
¡Ánimo, que seguro que es más fácil de lo que parece! Al final, tenéis las soluciones, pero ¡¡¡NO HAGÁIS TRAMPAS!!! ;))
Si tenéis cualquier duda, ya tenéis mi correo electrónico para poneros en contacto conmigo.
TEXTO 1.
- ¿Querrá Dios traernos mañana un buen día? –dijo con honda tristeza la señora, sentándose en la cocina, mientras la criada, con nerviosa prontitud, reunía astillas y carbones.
- ¡Ay!, sí, señora: téngalo por cierto.
- ¿Por qué me lo aseguras, Nina?
- Porque lo sé. Me lo dice el corazón mañana tendremos un buen día, estoy por decir que un gran día.
- Cuando lo veamos te diré si aciertas... No me fío de tus corazonadas. Siempre estás con que mañana, que mañana...
- Dios es bueno.
- Conmigo no lo parece. No se cansa de darme golpes, tras un día malo viene otro peor. Me canso de sufrir.
- Pues yo que la señora –dijo Benina dándole al fuelle– tendría confianza en Dios, y estaría contenta... Ya ve que yo lo estoy... Cuando menos lo pensemos nos vendrá el golpe de suerte.
TEXTO 2.
- ¡Ya llega, ya llega! –murmuraban los socios del Casino apiñados en los balcones, codeándose, pisándose, estrujándose, los músculos del cuello, en tensión, por el afán de ver mejor el extraño espectáculo, de contemplar a la dama hermosa, rodeada de curas, a pie y descalza, vestida de Nazareno.
Como una ola de admiración precedía al fúnebre cortejo; antes de llegar la procesión a una calle, ya se sabía en ella, por las apretadas filas de las aceras, por la muchedumbre asomada a las ventanas y balcones, que “venía guapísima, pálida, como la Virgen a cuyos pies caminaba”. No se hablaba de otra cosa, no se pensaba en otra cosa. Cristo tendido en su lecho, bajo cristales, su Madre de negro, atravesada por siete espadas, que venía detrás, no merecían la atención del pueblo devoto; se esperaba a ::::::::, se la devoraba con los ojos... Enfrente del Casino, en los balcones de la Real Audiencia, otro palacio churrigueresco de piedra oscura, estaban, detrás de colgaduras carmesí y oro, la gobernadora civil, la militar, la presidenta, la marquesa, y otras muchas damas de la llamada aristocracia por la humilde y envidiosa clase media. Obdulia estaba pálida de emoción, se moría de envidia.
TEXTO 3.
Andábame días pasados por esas calles embebido en mis pensamientos, me sorprendí varias veces a mí mismo riendo como un pobre hombre de mis propias ideas. En semejante situación de mi espíritu, ¡qué sensación no debería producirme una horrible palmada que una gran mano, pegada a un grandísimo brazo, vino a descargar sobre uno de mis hombros, que por desgracia no tienen punto alguno de semejanza con los de Atlante!
No queriendo dar a entender que desconocía este enérgico modo de anunciarse, ni desairar el agasajo de quien sin duda había creído hacérmelo más que mediano, dejándome torcido para todo el día, traté sólo de volverme para conocer quién fuese tan mi amigo para tratarme tan mal. Pero ¿cómo diría el lector que siguió dándome pruebas de confianza y cariño? Echóme las manos a los ojos, y sujetándome por detrás:
- ¿Quién soy? –gritaba alborozado con el buen éxito de su delicada travesura. -¿Quién soy?
- Un animal (irracional) –iba a responderle; pero me acordé de repente de quién podría ser, y sustituyendo cantidades iguales: -Braulio eres –le dije.
TEXTO 4.
:::::: caminaba a orillas del Sil con la pura luz del alba, e iba cruzando aquellos pueblos y valles, que el viajero no se cansaba de mirar, y que a semejante hora estaban poblados con los cantares de infinitas aves. Si :::::: llevase el ánimo desembarazado de las angustias y sinsabores que de algún tiempo atrás acibaraban sus horas, hubiera admirado sin duda aquel paisaje; pero ahora su único deseo era llegar pronto al castillo de Cornatel y hablar con el comendador Saldaña, su alcaide.
- ¿Qué es lo que pasa? –preguntó el comendador.
- He pensado arrancarla de su convento, pero llevarla a mi castillo ofrece muchos riesgos para ella, y venía a pediros ayuda y consejo.
- Pues traedla a Cornatel, porque si a buscarla vinieren, a fe que no la encontrarán. Junto al arroyo, y cubierta con malezas, al lado de la cruz de piedra, está la mina del castillo, y por allí podéis introducirla. En mis aposentos no entra nadie, y nadie, de consiguiente, la verá.
TEXTO 5.
Era más de media noche, antiguas historias cuentan,
cuando en sueño y en silencio lóbrego envuelta la tierra,
los vivos muertos parecen, los muertos la tumba dejan.
Era la hora en que acaso Temerosas voces suenan
informes, en que se escuchan tácitas pisadas huecas,
y pavorosos fantasmas entre las densas tinieblas
vagan y aúllan los perros amedrentados al verlas. (...)
Todo en fin a media noche reposaba, y tumba era
de sus dormidos vivientes la antigua ciudad. (...)
Súbito rumor de espadas cruje y un ¡ay! se escuchó;
un ay moribundo, un ay que penetra el corazón,
que hasta los tuétanos hiela y da al que lo oyó temblor.
Un ¡ay! de alguno que al mundo, pronuncia un último adiós.
El ruido cesó,
el hombre pasó
embozado, y el sombrero
recatado a los ojos
se caló. Se desliza
junto al muro de una iglesia
y en la sombra se perdió.
Una calle estrecha y alta, la calle del Ataúd
cual si de negro crespón lóbrego eterno capuz
la vistiera.
TEXTO 6.
Olas gigantes que os rompéis bramando
en las playas desiertas y remotas,
envuelto entre las sábanas de espuma,
¡llevadme con vosotras!
Ráfagas de huracán que arrebatáis
del alto bosque las marchitas hojas,
arrastrado en el ciego torbellino,
¡llevadme con vosotras!
Nubes de tempestad que rompe el rayo
y en el fuego ornáis las desprendidas orlas
arrebatado entre la niebla oscura,
¡llevadme con vosotras!
Llevadme, por piedad, a donde el vértigo
con la razón me arranque la memoria...
¡Por piedad...! Tengo miedo de quedarme
con mi dolor a solas.
TEXTO 7.
La fuente brota escondida en el seno de una peña, y cae, resbalándose gota a gota, por entre las verdes y flotantes hojas de las plantas que crecen al borde de su cama. Aquellas gotas, que al desprenderse brillan como puntos de oro y suenan como las notas de un instrumento, se reúnen entre los céspedes y, susurrando, susurrando, con un ruido semejante al de las abejas que zumban en torno de las flores, se alejan por entre las arenas y forman un cauce, y luchan con los obstáculos que se oponen a su camino, y se repliegan sobre sí mismas, y saltan, y huyen, y corren, unas veces con risas, otras con suspiros, hasta caer en un lago. En el lago caen con un rumor indescriptible. Lamentos, palabras, nombres, cantares, yo no sé lo que he oído en aquel rumor cuando me he sentado solo y febril sobre el peñasco a cuyos pies saltan las aguas de la fuente misteriosa, para estancarse en una balsa profunda, cuya inmóvil superficie apenas riza el viento de la tarde [...]. El día en que salté sobre ella con mi Relámpago, creí haber visto brillar en su fondo una cosa extraña..., muy extraña...: los ojos de una mujer.
TEXTO 8.
Pues, señor, entró don Carlos en la iglesia, como he dicho, por la puerta que llamaremos del cementerio de San Sebastián, y las ancianas y ciegos de ambos sexos que acababan de recibir de él la limosna, se pusieron a picotear, pues mientras no entrara o saliera alguien a quien acometer, ¿qué habían de hacer aquellos infelices más que engañar su inanición y sus tristes horas, regalándose con la comidilla que nada les cuesta y que, picante o desabrida, siempre tienen a manos para con ella saciarse? En esto son iguales a los ricos: quizás les llevan ventaja, porque cuando tocan a charlar, no se ven cohibidos por las conveniencias usuales de la conversación, que poniendo entre el pensamiento y la palabra gruesa costra etiquetera y gramatical, embotan el gusto inefable del dime y direte. (...)
Eran tres las que así chismorreaban, sentaditas a la derecha, según se entra, formando un grupo separado de los demás pobres, una de ellas ciega, o por lo menos cegata; las otras dos, con buena vista, todas vestidas de andrajos, y abrigadas con pañolones negros o grises. La señá Casiana, alta y huesuda, hablaba con cierta arrogancia, como quien tiene o cree tener cierta autoridad; y no es inverosímil que la tuviese, pues en dondequiera que para cualquier fin se reúnen media docena de seres humanos, siempre hay uno que pretende imponer su voluntad a los demás.
TEXTO 1.
- ¿Querrá Dios traernos mañana un buen día? –dijo con honda tristeza la señora, sentándose en la cocina, mientras la criada, con nerviosa prontitud, reunía astillas y carbones.
- ¡Ay!, sí, señora: téngalo por cierto.
- ¿Por qué me lo aseguras, Nina?
- Porque lo sé. Me lo dice el corazón mañana tendremos un buen día, estoy por decir que un gran día.
- Cuando lo veamos te diré si aciertas... No me fío de tus corazonadas. Siempre estás con que mañana, que mañana...
- Dios es bueno.
- Conmigo no lo parece. No se cansa de darme golpes, tras un día malo viene otro peor. Me canso de sufrir.
- Pues yo que la señora –dijo Benina dándole al fuelle– tendría confianza en Dios, y estaría contenta... Ya ve que yo lo estoy... Cuando menos lo pensemos nos vendrá el golpe de suerte.
TEXTO 2.
- ¡Ya llega, ya llega! –murmuraban los socios del Casino apiñados en los balcones, codeándose, pisándose, estrujándose, los músculos del cuello, en tensión, por el afán de ver mejor el extraño espectáculo, de contemplar a la dama hermosa, rodeada de curas, a pie y descalza, vestida de Nazareno.
Como una ola de admiración precedía al fúnebre cortejo; antes de llegar la procesión a una calle, ya se sabía en ella, por las apretadas filas de las aceras, por la muchedumbre asomada a las ventanas y balcones, que “venía guapísima, pálida, como la Virgen a cuyos pies caminaba”. No se hablaba de otra cosa, no se pensaba en otra cosa. Cristo tendido en su lecho, bajo cristales, su Madre de negro, atravesada por siete espadas, que venía detrás, no merecían la atención del pueblo devoto; se esperaba a ::::::::, se la devoraba con los ojos... Enfrente del Casino, en los balcones de la Real Audiencia, otro palacio churrigueresco de piedra oscura, estaban, detrás de colgaduras carmesí y oro, la gobernadora civil, la militar, la presidenta, la marquesa, y otras muchas damas de la llamada aristocracia por la humilde y envidiosa clase media. Obdulia estaba pálida de emoción, se moría de envidia.
TEXTO 3.
Andábame días pasados por esas calles embebido en mis pensamientos, me sorprendí varias veces a mí mismo riendo como un pobre hombre de mis propias ideas. En semejante situación de mi espíritu, ¡qué sensación no debería producirme una horrible palmada que una gran mano, pegada a un grandísimo brazo, vino a descargar sobre uno de mis hombros, que por desgracia no tienen punto alguno de semejanza con los de Atlante!
No queriendo dar a entender que desconocía este enérgico modo de anunciarse, ni desairar el agasajo de quien sin duda había creído hacérmelo más que mediano, dejándome torcido para todo el día, traté sólo de volverme para conocer quién fuese tan mi amigo para tratarme tan mal. Pero ¿cómo diría el lector que siguió dándome pruebas de confianza y cariño? Echóme las manos a los ojos, y sujetándome por detrás:
- ¿Quién soy? –gritaba alborozado con el buen éxito de su delicada travesura. -¿Quién soy?
- Un animal (irracional) –iba a responderle; pero me acordé de repente de quién podría ser, y sustituyendo cantidades iguales: -Braulio eres –le dije.
TEXTO 4.
:::::: caminaba a orillas del Sil con la pura luz del alba, e iba cruzando aquellos pueblos y valles, que el viajero no se cansaba de mirar, y que a semejante hora estaban poblados con los cantares de infinitas aves. Si :::::: llevase el ánimo desembarazado de las angustias y sinsabores que de algún tiempo atrás acibaraban sus horas, hubiera admirado sin duda aquel paisaje; pero ahora su único deseo era llegar pronto al castillo de Cornatel y hablar con el comendador Saldaña, su alcaide.
- ¿Qué es lo que pasa? –preguntó el comendador.
- He pensado arrancarla de su convento, pero llevarla a mi castillo ofrece muchos riesgos para ella, y venía a pediros ayuda y consejo.
- Pues traedla a Cornatel, porque si a buscarla vinieren, a fe que no la encontrarán. Junto al arroyo, y cubierta con malezas, al lado de la cruz de piedra, está la mina del castillo, y por allí podéis introducirla. En mis aposentos no entra nadie, y nadie, de consiguiente, la verá.
TEXTO 5.
Era más de media noche, antiguas historias cuentan,
cuando en sueño y en silencio lóbrego envuelta la tierra,
los vivos muertos parecen, los muertos la tumba dejan.
Era la hora en que acaso Temerosas voces suenan
informes, en que se escuchan tácitas pisadas huecas,
y pavorosos fantasmas entre las densas tinieblas
vagan y aúllan los perros amedrentados al verlas. (...)
Todo en fin a media noche reposaba, y tumba era
de sus dormidos vivientes la antigua ciudad. (...)
Súbito rumor de espadas cruje y un ¡ay! se escuchó;
un ay moribundo, un ay que penetra el corazón,
que hasta los tuétanos hiela y da al que lo oyó temblor.
Un ¡ay! de alguno que al mundo, pronuncia un último adiós.
El ruido cesó,
el hombre pasó
embozado, y el sombrero
recatado a los ojos
se caló. Se desliza
junto al muro de una iglesia
y en la sombra se perdió.
Una calle estrecha y alta, la calle del Ataúd
cual si de negro crespón lóbrego eterno capuz
la vistiera.
TEXTO 6.
Olas gigantes que os rompéis bramando
en las playas desiertas y remotas,
envuelto entre las sábanas de espuma,
¡llevadme con vosotras!
Ráfagas de huracán que arrebatáis
del alto bosque las marchitas hojas,
arrastrado en el ciego torbellino,
¡llevadme con vosotras!
Nubes de tempestad que rompe el rayo
y en el fuego ornáis las desprendidas orlas
arrebatado entre la niebla oscura,
¡llevadme con vosotras!
Llevadme, por piedad, a donde el vértigo
con la razón me arranque la memoria...
¡Por piedad...! Tengo miedo de quedarme
con mi dolor a solas.
TEXTO 7.
La fuente brota escondida en el seno de una peña, y cae, resbalándose gota a gota, por entre las verdes y flotantes hojas de las plantas que crecen al borde de su cama. Aquellas gotas, que al desprenderse brillan como puntos de oro y suenan como las notas de un instrumento, se reúnen entre los céspedes y, susurrando, susurrando, con un ruido semejante al de las abejas que zumban en torno de las flores, se alejan por entre las arenas y forman un cauce, y luchan con los obstáculos que se oponen a su camino, y se repliegan sobre sí mismas, y saltan, y huyen, y corren, unas veces con risas, otras con suspiros, hasta caer en un lago. En el lago caen con un rumor indescriptible. Lamentos, palabras, nombres, cantares, yo no sé lo que he oído en aquel rumor cuando me he sentado solo y febril sobre el peñasco a cuyos pies saltan las aguas de la fuente misteriosa, para estancarse en una balsa profunda, cuya inmóvil superficie apenas riza el viento de la tarde [...]. El día en que salté sobre ella con mi Relámpago, creí haber visto brillar en su fondo una cosa extraña..., muy extraña...: los ojos de una mujer.
TEXTO 8.
Pues, señor, entró don Carlos en la iglesia, como he dicho, por la puerta que llamaremos del cementerio de San Sebastián, y las ancianas y ciegos de ambos sexos que acababan de recibir de él la limosna, se pusieron a picotear, pues mientras no entrara o saliera alguien a quien acometer, ¿qué habían de hacer aquellos infelices más que engañar su inanición y sus tristes horas, regalándose con la comidilla que nada les cuesta y que, picante o desabrida, siempre tienen a manos para con ella saciarse? En esto son iguales a los ricos: quizás les llevan ventaja, porque cuando tocan a charlar, no se ven cohibidos por las conveniencias usuales de la conversación, que poniendo entre el pensamiento y la palabra gruesa costra etiquetera y gramatical, embotan el gusto inefable del dime y direte. (...)
Eran tres las que así chismorreaban, sentaditas a la derecha, según se entra, formando un grupo separado de los demás pobres, una de ellas ciega, o por lo menos cegata; las otras dos, con buena vista, todas vestidas de andrajos, y abrigadas con pañolones negros o grises. La señá Casiana, alta y huesuda, hablaba con cierta arrogancia, como quien tiene o cree tener cierta autoridad; y no es inverosímil que la tuviese, pues en dondequiera que para cualquier fin se reúnen media docena de seres humanos, siempre hay uno que pretende imponer su voluntad a los demás.
SOLUCIONES:
Aquí tenéis el nombre de los autores y el libro al que pertenece cada texto.
Comprobad si habéis dado con el movimiento literario correspondiente:
TEXTO 1: Misericordia, Benito Pérez Galdós.
TEXTO 2. La Regenta, Leopoldo Alas Clarín.
TEXTO 3. “El castellano viejo”, Larra.
TEXTO 4. El señor de Bembibre, Gil y Carrasco.
TEXTO 5. El estudiante de Salamanca, José de Espronceda.
TEXTO 6. Rima LII, Gustavo Adolfo Bécquer.
TEXTO 6. Rima LII, Gustavo Adolfo Bécquer.
TEXTO 7. Los ojos verdes, Gustavo Adolfo Bécquer.
TEXTO 8. Misericordia, Benito Pérez Galdós.
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